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Descubriendo el Cosmos (III)
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Allá por los años 50 el mundo estaba aterrado debido a la Guerra Fría entre EEUU y la entonces CCCP. El crecimiento del armamento nuclear por parte de ambas potencias hacía temer una guerra que hiciera volar el mundo por los aires, pero pese a la tensión lo que propició fue que el mundo volara a los aires.
Creo que las generaciones entre 1960 y 1964 (por decir algo totalmente subjetivo) tuvimos uno de los mejores momentos para crecer acompañados de los avances y descubrimientos astronómicos.
Eran tiempos turbulentos entre Estados Unidos y la Unión Soviética por cuestiones políticas, económicas e ideológicas, con una aterradora escalada armamentística a la que se sumó la carrera por el control estratégico y militar del espacio: la carrera espacial. Pero paradójicamente la carrera espacial vino a aportar no sólo técnicas, sino también numerosos descubrimientos de carácter astronómico que avivó el quehacer científico de la época.
Yo no escuché el “beep, beep” del Sputnik, pero toda Europa estaba pendiente de aquella señal que podía sintonizarse y seguirse en cualquier aparato de radio convencional. El Sputnik fue la primera misión (1957) que colocó un satélite en órbita y ese mismo año, la también rusa perrita Laika, fue el primer ser vivo en viajar al espacio a bordo del Sputnik-2 del cual no se tenía previsto su regreso. Después el soviético Yuri Gagarin se convirtió en el primer humano que orbitó la Tierra en abril de 1961. El próximo objetivo era alcanzar la Luna. Los rusos habían tomado la delantera y el recelo de los americanos era mayúsculo, así que pronto se dedicaron a construir la serie de satélites espía Vela.
Después de Laika no volvieron a enviarse animales al espacio sin preever
un sistema de retorno, aún así muchos perecieron por diversas causas.
La misión de los satélites Vela lanzados por Estados Unidos (1963) era descubrir las explosiones nucleares en el espacio que los paranoicos americanos creían que estaba realizando la URSS incluso en la cara oculta de la Luna. Resultó que los rusos no estaban haciendo pruebas nucleares en la cara oculta de la Luna, pero lo que detectaron fue las explosiones más energéticas que existen: los rayos Gamma, que condujeron a la ciencia a explorar los confines del espacio a 10.000 millones de años luz, que era el lugar donde esas explosiones tenían lugar para descubrir, finalmente, las matrices de estrellas, aquellas regiones del Universo donde nacen nuevas estrellas y mueren otras (las causantes de aquellas explosiones).
Y mientras todo esto sucedía -y entre otras cosas también- se enviaban sondas americanas a Marte (las Mariner) y rusas a Venus (las Venera).
Pero el hecho histórico que engendró en muchos de nosotros una semilla que sólo había que dejar crecer con el tiempo fueron los primeros pasos sobre la Luna el 21 de julio de 1969 con la misión americana Apolo 11, cuyo terreno había sido abonado previamente con los programas Mercury y Geminis. Los americanos habían ganado la carrera.
En aquel tiempo no en todas las casas había televisión, así que era normal acudir a la de algún vecino (o a los bares) a ver programas multitudinarios como los festivales de la canción de Eurovisión, o las 12 campanadas de Fin de Año. Pero aquella fecha histórica congregó creo que a todo el mundo alrededor de aquellos televisores en blanco y negro. Yo era entonces un niño de tan sólo cinco años pero creo recordar lo que vi, sin entender gran cosa por supuesto... y al día siguiente, jugando en los campos, seguía habiendo un cielo estrellado.
Pero había más. Las sondas Pionner lanzadas en 1973 ofrecieron en 1974 las primeras imágenes de Júpiter y en 1979 llegaron a Saturno. Pero el cometido de éstas era abrir el camino a las sondas Voyager (1977) que mostraron al mundo un Sistema Solar como nunca antes se hubiera imaginado nadie. Aquello era una locura. Los libros de texto tenían que ser actualizados casi cada año y la fiebre de las enciclopedias nos llevaba a tener un representante de las distintas editoriales casi a comer en casa...
Y por si ello fuera poco nos llegó como de la nada la serie Cosmos de Carl Sagan allá por 1980. Excelentísima serie en todos y cualquier aspecto que uno quiera considerar. Aquello fue el abono que necesitó aquella semilla para acabar de echar sus raíces en tantos de nosotros y engancharnos definitivamente al Cosmos.

Carl Sagan en uno de los capítulos de la serie Cosmos
Y cuando ya muchos habíamos metido tímidamente un pié en el océano cósmico nos llega en 1986 el espectacular cometa Halley; así que todos al campo otra vez porque no volveríamos a verlo hasta 2061. Y en 1990 se pone en órbita el telescopio espacial Hubble con toda la capacidad mediática de la que es capaz la NASA. Y en 1998 el equipo del astrónomo y también divulgador Alexei Filippenko descubre que el Universo no sólo se expande como ya había demostrado Edwin Hubble, sino que se encuentra en expansión acelerada.
Pues sí, todo esto se nos echó encima a muchísimos de mi generación. Era imposible escapar a la tentación si la curiosidad ya nos había llevado a no pocos a arañar el terreno poquito antes. No es de extrañar que después de tanto tiempo –y gracias a Internet- haya yo coincidido con antiguos compañeros de instituto que no veo desde hace unos treinta años o así, y que también están involucrados en esto de la astronomía: bien como miembros de alguna asociación, bien como astrofotógrafos, bien como aficionados, bien como astrofísicos.
Nos pasaron el testigo y hoy tratamos de entregárselo a los siguientes, pero ahora ya no es lo mismo. Las cosas han cambiado...
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